El Primer Presupuesto PRO, pero con un olorcito K

El gobierno está en pleno proceso de aprobar el Presupuesto 2017. El Presupuesto vigente fue aprobado sin que el nuevo gobierno pueda influir sobre él. El Presupuesto 2017 ya muestra lógicamente la impronta de Cambiemos.

¿Cambia mucho respecto a lo que vimos en los últimos años? No tanto. El déficit seguirá en niveles peligrosamente altos. Sin considerar transferencias del BCRA y el resultado del Fondo de Garantía Solidadaria del Anses, el déficit llegará a casi 7% del PBI. La gran diferencia respecto al gobierno anterior es que ahora el déficit se financia mayoritariamente con endeudamiento público, cuando antes el déficit se financiaba casi exclusivamente con emisión monetaria sin respaldo del Banco Central.

¿Por qué nos preocupa tanto el nivel del déficit fiscal? Yo nací en 1971, desde que estoy en este mundo cada vez que Argentina tuvo sostenidamente altos niveles de déficit fiscal sin mostrar señales de poder bajarlo, algo muy grave pasó en mi país.

El déficit financiero del Estado Nacional medido en % del PBI fue en 1975 de 13,83; en 1976 de 10,26 momento en el cual se produjo el último golpe militar. En 1981 el deficit financiero fue de 11,27% del PBI; en 1982 fue de 11,36; en 1983 fue de 10,38 e implosionó la última dictadura militar.

En 1987 el déficit fue de 7,04; en 1988 de 7,93; en 1989 de 7,81 y no solo Alfonsín tuvo que entregar el poder antes de tiempo en medio de una hiperinflación, sino que Menem al no acertar inicialmente enfrentó otra hiperinflación. La convertibilidad posterior no puede explicarse sin tener en cuenta que veníamos de dos hiperinflaciones consecutivas.

En el 2001 el déficit fiscal fue de 7,03 hasta que implosionó la convertibilidad. Ni el kirchnerismo, ni el cristinismo, ni el PRO se pueden explicar sin tener en cuenta la incapacidad de la clase dirigente de salir a tiempo de convertibilidad o de adaptar la macroeconomía a las exigencias de una caja de conversión. Néstor Kirchner, Cristina Elisabet y Mauricio Macri son hijos de la misma crisis.

Si todo va como lo prevé el gobierno, el año que viene la Administración Nacional tendrá recursos por 1,88 billones de pesos y erogaciones por 2,36 billones de pesos. El déficit será de cerca de medio billón de pesos. Para estar equilibrado el Estado Nacional tendría que aumentar sus ingresos en un 25% o bajar sus erogaciones en un 20%. Todo ello suponiendo un año en el cual creceremos al 3,5% anual.

Para ponerlo en términos comparativos “estáticos”. Si la Administración Nacional no pagara sueldos (es decir echara a todos sus empleados) lo que se ahorraría en remuneraciones “sólo” reduciría el déficit a la mitad. Los intereses de la deuda pública durante 2017 explicarían por sí solos la mitad del déficit. Si el déficit fuera a eliminarse bajando gastos del Anses, ello implicaría bajar esos gastos en un 60%.

Puesto en estos términos, la gradualidad en materia fiscal no es una opción, lo impone la realidad. Cualquier ajuste de shock dada la magnitud de los desequilibrios lo haría socialmente inaceptable o cuanto menos impredecible en términos políticos.

Hoy la película fiscal es “financiable” a corto plazo pero no es ni por asomo sustentable a mediano plazo. Si todo el déficit previsto para el año que viene se cubre con endeudamiento, considerando un tipo de cambio de $18 por dólar implica aumentar el endeudamiento neto en 26.000 millones de dólares. El 2017 sería financiable. Y después? La única manera viable de recuperar “sustentabilidad” fiscal es con crecimiento y fuerte.

La apuesta del gobierno a que la economía empiece rápido a atraer inversiones privadas es la única opción viable. El Estado por sí mismo no tiene capacidad para lograr las tasas de crecimiento necesarias para cerrar la brecha fiscal. Todo el esfuerzo en materia de inversión pública es necesario y saludable, pero será insuficiente.

No hay antecedentes históricos que muestren que Argentina supo atraer una fuerte corriente de inversión privada con semejante desajuste fiscal. Pero a la vez necesitamos esas inversiones para mejorar el desempeño de la economía y con ello los recursos del Estado. Luce como el problema del huevo y la gallina.

Si usted fuera un inversor externo ¿Apostaría fuerte en el 2017 o esperaría a que las cosas estén un poco mas claras? Si hay algo que no le sobra a los inversores es coraje. La inmensa mayoría vende paragüas cuando sale el sol y se retira cuando aparecen las primeras nubes. Podemos despotricar contra esa lógica, pero nos guste o no, esas son las reglas del juego. Los inversores contracíclicos existen, pero son pocos, con ellos no nos alcanza para dar vuelta la situación.

La lluvia de inversiones tan deseada y deseable no apareció por razones lógicas en el 2016. Siguiendo con la analogía, el 2017 lucirá mejor pero nos parecerá todavía un año “seco”. Será finalmente el 2018 el año que nos muestre si este proceso se consolida o habrá que poner el GPS a “recalcular”.

Así, en las elecciones del año que viene el gobierno “todavía” no tendrá resultados concretos y contundentes para mostrar. Seguirá dependiendo de las expectativas que sepa generar mas que de los resultados que pueda mostrar. ¿Le alcanzará para sortear con decoro las elecciones de medio término? ¿Volverá a necesitar Cambiemos del inestimable aporte electoral de Cristina Elisabet y sus dislates electorales? Ese será el debate del 2017.

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